El chófer de Encarna Sánchez, Isabel Pantoja y el extraño robo de 43 millones de pesetas

  • Dossiers
  • 09-04-2019 | 08:04
  • Escribe: Julián Fernández Cruz

Todos los testimonios sobre el misterioso robo de 43 millones que sufrió Encarna Sánchez en La Moraleja en julio de 1993


Llegamos a la trama conocida como “el robo”. Un suceso nunca bien aclarado sobre un dinero desaparecido del domicilio de Encarna Sánchez, y que puso en el disparadero a varias personas de forma bastante injusta.

Carlos Rodríguez era el hombre para todo en el entorno laboral de Encarna. Era su chófer, el hombre de los recados, el jardinero e incluso, por su condición de hombre honesto, sencillo y bonachón, la persona idónea para acusarlo de un robo injustamente, que claro está, jamás cometió. Fue la víctima propiciatoria, el tonto útil.

Carlos es la persona que, posiblemente, más cosas sepa del entorno de Encarna Sánchez. Sin embargo, poco o nada ha contado de ella. Es curioso que todos aquellos que estuvieron al servicio de la locutora, o mintieron descaradamente, o sencillamente trataron de meternos bolas. No es el caso de Carlos Rodríguez, ese hombre que contaba entre lágrimas que, sentado en la cocina, rompía los papeles de Encarna por orden de Nuria Abad. Más bien esto parece un culebrón venezolano, pero al parecer fue así. ¿Qué documentos podían ser tan comprometedores como para ser destruidos? Y de ser cierto, ¿quién decía lo que era comprometido y lo que no?

Carlos Rodríguez fue la persona a la que se acusó de haber robado los famosos 43 millones del chalé de La Moraleja. Atónito, asombrado, acongojado, fue detenido y llevado a los calabozos de los juzgados, y asistido por un abogado. Actualmente aún no se sabe qué ocurrió aquel día. Carlos sostiene que el dinero salió del banco el día 1, jueves, y la locutora que fue el día 3, sábado. Aún nadie ha ido a preguntar a las Hermanas de Sor Ángela de la Cruz si ese día quien estuvo allí, ese 3 de julio de 1993, fue Encarna o una prima suya. Tan complicado como eso.



El robo de los 43 millones de pesetas de Encarna Sánchez fue un montaje

Tiempo después, cuando Encarna Sánchez llevaba años muerta, los que guardaban silencio y no defendieron a Carlos manifestaron su certeza de que aquello fue un montaje de la locutora. Pero a ver quién era el guapo que se atrevía a llevarle la contraria a la Señora. Algunos incluso confesaron que la propia Encarna les había amenazado a todos si alguien osaba desmentirla en este asunto.

Fueron días de trajín en La Moraleja, con la orden fija de encontrar documentos comprometedores para Isabel Pantoja, poniéndolos a buen recaudo y rompiendo aquellos otros que la beneficiaban. Esa era la consigna. Unos rompieron documentos, otros abrieron las cajas fuertes. Se registraron los bolsillos del amplísimo vestuario de la locutora porque Encarna escondía documentos y dinero por cualquier rincón, temerosa en vida de ser atracada por los próximos.

Se regalaron joyas y se guardaron otras. La caja fuerte del garaje, a la que ya me he referido antes quedó como la patena. Los armarios fueron puestos patas arriba y como si se tratase de un rastrillo, los abrigos de visón y otras pieles desfilaron hacía paraderos desconocidos… ¡Mentira! Adjudicados a Nuria Abad, la “carcelera mayor”, algunos de esos abrigos, los de menor coste. “Éste para mí”, “¿Y éste ¿le irá bien a tu mujer?”, “Chicos hay que buscar documentos que comprometan a la Pantoja, La garza por ejemplo o préstamos a allegados”. Nuria sabía lo que buscaba.

Así eran los comentarios los días de “saqueo”. Había de todo y para todos los gustos, y lo que sobraba porque nadie lo quería, se le adjudicaba a alguien no presente. Las fotografías de la locutora debieron ser muy repartidas o destruidas, o alguien se las quedó bajo llave, porque les aseguro que cuando hice la biografía de Encarna para su ilustración no tuve que buscar mucho, ni documentos ni fotografías, y os aseguro que yo no fui de los que estuvo presente en el asalto a la intimidad de la difunta, debió ser alguien que jamás estuvo de acuerdo con el reparto de los bienes. Y yo sé quién fue, el remite de los sobres que recibí y que guardo bajo llave lo identifica.

Ese silencio, o mejor dicho, ese miedo que envuelve el entorno de Encarna, ese pacto de silencio, ¿no sería en su día bien pagado? Inmaculada Liriano, la empleada dominicana que ya conocemos, me contó muchísimas cosas, pero evidentemente se guardó muchos detalles para sí. Por si acaso, dice ella que ante un notario firmó una carta en la que cuenta muchas cosas, por si algún día le pasa algo o acaban con su vida. Es un testamento de vida, el que la preserva de irse anticipadamente de este mundo.

Carmen Jara también me contó, con la advertencia de que lo dejara en secreto y de que ni ella, ni su hermana, ni su cuñado, habían hablado conmigo, que Carlos Rodríguez era inocente, que no robó nada. Y algo de las últimas voluntades de Encarna, lo de los estudios de los hijos… A Josefa Calle, refugiada en sus tragos, me cuentan algunos que la conciencia no la deja vivir en paz. La “tita” Pilar, en Barcelona expulsada de la casa tras el robo, por aquello de que se le ocurriera contar lo que le contó al autor de este artículo. Pedro Pérez sigue en su programa de la COPE, muchos años después de su viaje relámpago a Suiza. Y Nuria Abad vive en un lujoso piso de la calle Doctor Fleming 48 8C. de Madrid, con su hija tenida por inseminación In Vitro.

Todo esto lo sabía Carlos Rodríguez, y algunas otras cosas más, pero me confesó que debió haber entre todos ellos un pacto de silencio, debidamente pagado, para que cada uno contase sólo pequeñas cosas o cosas sin importancia, y que cada uno de ellos conserve en su poder algún recuerdo de la fallecida locutora.

La confesión de Carlos Rodríguez, el chófer

En conversación mantenida con Carlos Rodríguez y con su esposa, ambos me relataron cómo ocurrieron los hechos acaecidos de la falsa acusación de la que fue objeto, tras el robo de los 43 millones en casa de Encarna Sánchez. En primer lugar, la denuncia presentada por la locutora en la Comisaria de Alcobendas con fecha 5 de julio de 1993, es totalmente falsa.




Yo acompañé a Encarna al banco a retirar supuestamente 33 millones de pesetas. Digo supuestamente porque yo en ningún momento supe de qué cantidad se trataba. Hablo de 33 millones porque es la cifra que aparece en su denuncia. -Los otros 10 millones del robo ya estaban en su domicilio-. Yo la acompañé a la sucursal bancaria, el jueves día 1 de julio y no el sábado día 3, como ella manifiesta en su denuncia. Lo que sucedió ese día fue algo que jamás había ocurrido, nunca en los años que trabajé con ella. Era yo quien siempre recogía la bolsa, pero precisamente en esa ocasión. Encarna no me dejó ni tan siquiera acercarme a la bolsa: “Tú estate quieto, ya la pondrá él”, me dijo refiriéndose al empleado del banco. El hombre la puso en el asiento trasero, cuando siempre que la recogía yo la bolsa iba conmigo en el asiento delantero. No sé lo que pesaba la bolsa, ni si llevaba mucho o poco dinero. Fue todo muy sospechoso en la forma de actuar de Encarna, más que nada porque nunca lo había hecho”.

Pero Carlos Rodríguez no dio importancia ni trascendencia a aquello. El mal humor de Encarna podía llevarla a hacer cualquier cosa sin que a la vez significara nada. Evidentemente, con la perspectiva del tiempo, aquel comportamiento inusual sí que encerraba algo, una premeditación contra su fiel empleado Carlos, que sigue así su relato.

Ese día 1, jueves, cuando llegamos a casa, Encarna entró y dejó la bolsa del dinero. Automáticamente salió y se subió al coche para que la llevase a la COPE. Normalmente ella siempre me dejaba las tareas que debía realizar cada día, como limpiar, ayudar a los jardineros y limpiar los coches. Al día siguiente, todo transcurrió con normalidad, llevándola a la radio y regresando a hacer las tareas de la casa. Al día siguiente, sábado día 3 de julio, sobre las 8.30 horas de la mañana, acompañé a Encarna a la estación de Atocha a coger el AVE con dirección a Sevilla, donde según ella, iba a visitar a la Hermandad de Sor Ángela de la Cruz. Una vez que ella se subió al tren, yo regresé a casa. De regreso a La Moraleja, aparqué el coche y cogí el vehículo utilitario para acompañar a Inmaculada a la compra. Una vez realizada ésta, dejé a Inmaculada en la casa y me marché a la mía hasta la noche, porque tuve que ir a buscar de nuevo a la señora a la estación de Atocha, que regresaba de Sevilla. Llegamos a la casa sobre las 22 horas, Ni tan siquiera entré en la casa; dejé las llaves en la ventana de la cocina y me marché de nuevo a mi casa. El domingo era mi día libre y el lunes día 5 de julio por la mañana llegué de nuevo a la casa de la Moraleja, donde observé un coche extraño en la puerta. Pregunté de quién era ese vehículo y me dijeron que de unos señores que estaban hablando con la señora”.

Los que acompañaban a Encarna Sánchez en el interior del domicilio eran inspectores de Policía que habían acudido a la denuncia de la locutora. La sorpresa fue para Carlos.

Al poco, estos señores se dirigieron a mí identificándose como policías y me dijeron que les acompañara a la Comisaría de Alcobendas. Una vez allí, se me notificó la detención por el robo de 43 millones de pesetas, y me llevaron a los calabozos, donde permanecí por espacio de 24 horas. Ese mismo día sobre las 11.00 horas de la mañana, sucedió otro episodio aún más triste para mí, efectuaron un registro en mi domicilio. Mi mujer trabajaba de noche y fue ella la que les franqueó la entrada al juez y a unos policías. Al entrar en la casa, uno de los policías le dijo a mi mujer que me había escapado con el dinero del robo, a lo que ella le respondió que eso no se lo podía creer nadie, que ella me conocía para saber que estaba mintiendo. El juez le indicó a los policías que el registro se efectuara en grupo, con él siempre presente”.

Yolanda, la mujer de Carlos, en todo momento intentó ponerse en contacto con Encarna, pero la mediación de María Navarro, su secretaria, se lo impidió. María le respondió una y otra vez que la locutora no tenía nada que hablar con ella.

 “Tanto mi mujer como yo intentamos ponernos en comunicación con la casa, pero la única respuesta que recibimos fue que la señora les tenía prohibido hablar con nosotros. Al cabo de 24 horas pasé a los calabozos del juzgado para ponerme a disposición de la juez que llevaba el caso. Durante ese periodo de tiempo, uno de los policías me dijo que iba directamente a la cárcel. En un principio mi abogado, al saber que se trataba de un caso en el que estaba relacionada Encarna Sánchez, se negó a llevar mi defensa, aunque posteriormente accedió a ello. Era una persona honesta y muy profesional. En una de las conversaciones que mi abogado mantuvo con Encarna, aquél me manifestó que la locutora intentó sobornarlo con la siguiente frase: “Todo tiene su precio”. Gracias a Dios, me representó un excelente y honrado profesional. Cuando pasé a disposición judicial, la juez no encontró pruebas evidentes como para mandarme a prisión y me impuso la obligación de presentarme los días 15 y 30 de cada mes a firmar al juzgado, cosa que realicé durante tres años. Al fallecer Encarna, la denuncia se archivó…”.

¡¡Esa era Encarna Señores!! La conciencia debía de removerle a la locutora porque, un par de meses después, hizo que Carlos Rodríguez volviera a su puesto de trabajo. ¿Alguien que sabe que ha sido robado, vuelve a contratar a quien le ha robado? Está claro que no hubo tal robo o lo más probable es que la identidad del ladrón no debía descubrirse.

Estuve dos meses retirado del servicio de Encarna Sánchez, hasta nuevo aviso según ella. Cobraba religiosamente cada mes, aunque no trabajase, y al cabo de este tiempo recibió mi mujer una llamada de María Navarro diciéndole que por favor me preguntara si quería volver al trabajo, cosa que acepté. Encarna jamás se dirigió a mí para nada, durante ese tiempo lo tuvo que hacer María Navarro. Tiempo después estando de vacaciones recuerdo que le dije a la señora que tenía que marcharme a Madrid para firmar en el juzgado, pero ella me respondió que no dijese tonterías, que aquello ya estaba retirado. Le demostré que estaba equivocada y debió creerme, porque entró a la casa a coger dinero que me entregó para que me comprara el billete de avión. Pero todo ello acompañado de una enorme bronca, como era habitual en Encarna con todo el servicio”.



Carlos Rodríguez en un programa de Antena3 TV dijo que Encarna Sánchez le prometió 25 millones de pesetas. Carlos también se subió al carro de los herederos. En esa misma entrevista contó que, además de sus 25 millones. Encarna dejaba 150 millones para los curas de Don Orione, otros 150 millones para las monjas de Sor Ángela de la Cruz, y finalmente, otros 25 millones de pesetas para Josefina Calle. ¿De quién se olvidó? No es raro que se olvidase de mencionar a Nuria Abad, a Pedro Pérez o a la familia Jara.

Carlos contó ese día que habían conseguido de Encarna unos poderes. ¿Qué poderes y para qué? Seguramente serán los mismos poderes que denunciaba Josefina Calle al regreso de Pamplona, y que sirvieron presuntamente para… ¿sacar el dinero de Suiza? (De estafadora a estafada: La fortuna 'desaparecida' de Encarna Sánchez).

Yolanda, la esposa de Carlos, corroboró ante mí todo lo que ha narrado su marido en este capítulo. De su propia cosecha añadió lo siguiente:

Tuvimos pinchados los teléfonos, según mi abogado, una larga temporada. Encarna hizo que el comisario jefe de la Comisaria de Alcobendas dejara sus vacaciones para que él personalmente se hiciese cargo del caso, ya que cuando denunció a mi marido, estaba un suplente. No puedo perdonar a los compañeros de trabajo de mi marido, ni a Inmaculada, ni a Pilar, porque ninguna de las dos habló a favor de Carlos y ambas por miedo, mintieron. Ellas sabían que Carlos no se encontraba en el lugar de los hechos y permitieron que Encarna lo inculpara a él, posiblemente para evitar un escándalo mediático. Encarna jamás retiró la denuncia. Ésta se archivó cuando falleció la demandante, tres años después, siendo culpable a los ojos de la ley por algo que jamás hizo. No las perdono”.

La versión de la ama de llaves de Encarna Sánchez

Carmen Jara siempre me había hablado muy bien de “La Tita Pilar”, ama de llaves de Encarna Sánchez. “Una gran mujer”, me repetía una y otra vez, ella fue para Encarna una más de la familia. Según decía ella, la única en quien confiar. Incluso la madre de Encarna, en más de una ocasión, había dormido en su casa de Barcelona. En algunas de las cartas que Pilar conserva de la madre de la locutora, hace mención de la mala relación que su hija mantenía con Clara Suñer. “Dios mío, esta hija mía me va a matar”, escribía literalmente.

Encontrar a Pilar significaba para mí resolver muchísimas incógnitas y unir todos los eslabones de una cadena de rumores, mentiras e incluso testimonios de fuentes cercanas a la locutora, relatados con la sola intención de desviarme en mis investigaciones. Pero no fue hasta el 1 de abril del 2007 cuando por fin vi el rostro de María del Pilar, mujer de avanzada edad, pero con una memoria excelente. Por algo había sido profesora de niños discapacitados.

Al robo de los célebres 43 millones hemos expuesto varias versiones, pero he querido reflejar la de Pilar dentro del contexto de su propia narración, y de paso poner en situación para entenderlo un poco mejor. Así ocurrieron los hechos según la “Tita”:

La noche de 3 de julio o 4, no recuerdo bien si era el sábado o el domingo ocurrió algo que aún hoy recuerdo como un hecho muy raro. Me refiero a la excusa de Isabel Pantoja para presentarse esa noche en la casa. Pasadas las diez de la noche se presentaron en casa Isabel, Paquirrín y Teresa Pollo a cenar y nos dicen: “Nada que el niño quiere ver una serie que dan en la tele de ‘Superman’”. Y yo me dije ¿no tienen televisión en su casa?… - *He de señalar que comprobé si efectivamente en aquellos años 1993 y en el mes de julio TVE emitía alguna serie de Superman, y efectivamente así era-. Teresa y el niño cenaron arriba, en el salón de la tele, junto a las habitaciones, que, por cierto, estaban todas abiertas. Encarna, Isabel y yo cenamos en el salón de abajo. El niño cenó un bistec y una tortilla francesa.




Serían las once de la noche cuando llegó un coche a la casa. Era Dulce, una sirvienta que tenía Isabel y su madre, una muchacha catalana. Estuvo tan sólo unos minutos, me extrañó que ni tan siquiera entrara a saludar a Isabel. Esa noche y antes de que Isabel, Teresa y el niño se marchasen, Encarna ya notó la falta del dinero y se lio un follón muy gordo. Isabel me acusaba a mí y me decía: “Mira debajo de la cama, no vaya a ser que se te hayan caído las bolsas ahí”.

Ya te he contado que Teresa Pollo y el niño cenaron en la planta de arriba, desde arriba se puede bajar directamente al garaje, por unas escaleras que hay de servicio. Quien conozca la casa de Encarna lo sabe. Además, nosotras no nos daríamos ni cuenta, me refiero a Encarna, Isabel y yo que estábamos abajo. Qué casualidad que esa noche tuviéramos la visita relámpago de Dulce. Y lo que es más extraño todavía es la excusa de venir a ver la tele. Y observé algo que se me ha quedado grabado: la mirada de Encarna a Isabel lo decía todo.

Julio, tú mira la denuncia que Encarna presentó en la Comisaría de Policía de Alcobendas. Su propio amigo el comisario, que lo hicieron ir a buscar le decía: “Esto no tiene por dónde cogerse”. Y eso yo se lo oí decir al policía”.

Fiel y desinteresada, la vieja Pilar arrojó luz en un momento en el que me costaba hilar la historia. Pero a la postre, es una opinión más entre las muchas que he escuchado en estos años.

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